Una compañera en el desierto
Acaba de finalizar una de las competiciones deportivas más exigentes que existen. Por supuesto, hablo del Dakar.
Los pilotos hacen frente a múltiples vicisitudes durante su aventura por el desierto. Nani Roma vivió uno de esos momentos angustiosos que “regala” el Dakar a sus atrevidos participantes.
Estamos en el decimosegunda etapa. El dos veces campeón del Dakar pugna por mantener la segunda posición, a sus 53 años.
Pero ese día todo le sale mal.
Primero se choca con una piedra y su accidente deja seriamente dañado su coche. El equipo Ford prioriza la carrera de su estrella y le facilita numerosas piezas del coche de su compañero de equipo.
Con los refuerzos implementados, Nani Roma consigue reanudar y finalizar la etapa.
Pero faltaba lo peor.
Una vez finalizada la etapa, todos los pilotos tienen un tiempo máximo para llegar al campamento. Si lo superan, pueden sufrir severas penalizaciones e incluso la descalificación. En el caso de Nani Roma esas penalizaciones eran devastadoras a nivel clasificatorio porque le dejarían fuera del podio.
Con esa presión avanzaba hacia el campamento cuando su coche se para en seco. No se trata de una avería. Es peor.
No tiene gasolina.
Haga lo que haga su vehículo no se va a mover ni un metro más.
Nani Roma queda abatido. El trabajo de todo el año se acaba de ir al garate.
En medio de la derrota, aparece una oportunidad.
Suena un motor, un coche se acerca. Es el vehículo de Laia Sanz. Nani no pierde un segundo y le advierte gritando de su situación.
Laia no lo duda.
Se pone manos a la obra y comienza a unir ambos coches para remolcarle. Nani está nervioso y la apremia. Cada segundo cuenta. Laia se percata de que se trata de una situación límite y realizan la operativa lo más rápido que pueden.
Nani tiene como hora tope para llegar al campamento las 16:47 horas. Laia remolca su coche y avanzan a la máxima velocidad que permiten las circunstancias. A lo lejos, ya se advierte el campamento.
Llegan unidos.
Nani mira el reloj. Son las 16:47 horas y 18 segundos. Solo le penalizan con un minuto y salva su segundo puesto.
Está exhausto por la tensión y el desgaste mental. Pero tan pronto baja de su coche va directo con las pocas fuerzas que le quedan hasta el vehículo de Laia.
No hay palabras.
No hacen falta.
Le da un prolongado y emotivo abrazo.
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Hasta la semana que viene.



